Porque puedo, ¿y qué?

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Porque puedo, ¿y qué?

Federico Ling Sanz Cerrada*

El poder es un elemento, cualidad o característica muy particular. Para todos aquellos que se dedican (o nos dedicamos) a la Ciencia Política, el poder es el objeto de estudio, y mucho se lee acerca del mismo. ¿Cómo funciona?, ¿para qué sirve?, ¿cómo se usa?, ¿cómo se ejerce? En ese sentido, en muchas ocasiones anteriores ya he escrito sobre el poder, sus usos y su diferentes tipos, pero creo que vale la pena que lo “tropicalicemos” (es decir, que lo adaptemos a nuestro caso concreto) y pongamos ejemplo sobre ello. Para esto quiero comenzar diciendo que tengo un caso ideal para ejemplificar el uso del poder en nuestra vida cotidiana: sí, la interminable lucha entre los peatones y los automóviles que, desde siempre, me he dedicado a consignar en este espacio (y que quizá no tenga una solución en el corto plazo).

Pues bien, hace un par de semanas, durante la tromba que azotó a la Ciudad de México y que inundó todas las calles hasta niveles insospechados, me encontraba terminando una reunión y tenía que desplazarme de una zona del Distrito Federal a otra, y para ello, llevaba mi maletín a cuestas. Sin automóvil y sin poderme transportar a ningún lado, decidí caminar para tomar el Metro y llegar a mi destino. Así lo hice (el Metro, cuando está bien construido es por demás eficiente) y pude llegar a donde tenía que hacerlo. Pero, ¿qué sucedió en el camino? Me topé con una jungla de automovilistas voraces que, lejos de ceder el paso al peatón, aceleraban por las calles, pisando los charcos con fuerza y mojando a quien se les pusieran en el camino. Y una vez más decidí que escribiría del caso, pero desde una óptica distinta.

¿Por qué el automovilista hace lo que hace en las calles de la Ciudad de la México? La respuesta es muy simple: porque puede. A ver, vamos por partes y regresemos al primer párrafo de este artículo y definamos el poder desde el punto de vista de la Ciencia Política: el poder resulta cuando una persona hace la voluntad de otra, aún a costa de la suya propia (Max Weber fue quien dijo esto). ¿Cómo se aplica al caso del peatón y el automovilista? Es sencillo: el peatón tiene que hacer la voluntad de quien maneja, aún a costa de su propia voluntad; aunque quien va caminando quiera pasar, no puede y tiene que ceder a quien lleva el volante, porque de otro modo lo atropella. Luego entonces, ejercer el poder conlleva un inmenso grado de responsabilidad y de ética, para no vulnerar a los derechos de los demás, especialmente de los más débiles. El automovilista hace con el peatón lo que quiere, porque puede; porque lleva un inmenso aparato que le otorga ese poder y el peatón no puede contra eso. Tendría que haber un mínimo de responsabilidad para proteger al débil o al que “puede” menos.

Pero no, la gente actúa como actúa porque puede. Aquí es donde entra la función del estado: atemperar los ánimos de aquellos que vulneran a los más débiles porque tienen poder para hacerlo.

Ahora bien, pensemos más allá e imaginemos que son precisamente los funcionarios públicos, aquellos representantes del estado los que vulneran los derechos de los más débiles y abusan del poder que tienen, solamente “porque pueden”. ¿Quién los vigilará a ellos? (estas preguntas vienen desde la época en que Aristóteles recorría las calles de Grecia). No se trata entonces de tener un estado vigilante con cuerpos de seguridad cada vez más adelantados, o un estado de circunstancia persecutoria todo el tiempo. Se trata entonces de tener ciudadanos con una ética personal tal, que no importa el poder que tengan, sino que sepan usarlo adecuadamente. Independientemente que se trate de un automovilista, de un médico o de un gobernante, el poder debe usarse sabiamente y debe utilizarse éticamente. No habrá otro modo en que se revierta eso que la gente dice cuando usa el poder sin escrúpulos: “¿Y qué?”

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*Maestro en Análisis Político y Medios de Información

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Comió Ligas

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Comió Ligas

Federico Ling Sanz Cerrada*

Desde que me mudé de la Ciudad de México y me fui a vivir a otro país, una de las cosas que más disfruto es volver a mi Patria. Claro está que casi siempre vuelvo de trabajo, y en realidad, creo que la mitad del año me la paso en el Distrito Federal (u otras ciudades, como ya he escrito anteriormente). Sin embargo debo admitir que cada ocasión que vuelvo a la capital del Valle de México me encuentro con fenómenos sorprendentes. Uno de ellos es el de los peatones y toda su genealogía, su interpretación y su supervivencia por las calles de la ciudad. Para esto debemos decir que el Distrito Federal no está diseñado para cualquier otro tipo de transporte que no sea el automóvil; recientemente el Metrobús y las Ecobicis han comenzado a generar una nueva cultura urbana de la transportación, pero en realidad todavía le falta mucho para llegar a este punto, y los carros siguen haciendo de las suyas por avenidas y bulevares del Distrito Federal; ya ni qué decir de los camiones o los taxistas. Sin embargo, el tema que quiero tocar el día de hoy, nuevamente, es sobre los peatones y la cultura urbana. No puedo recordar cuántas veces he escrito de este tema, pero no me voy a cansar de denunciar nuestra falta de civilidad y de respeto por el otro cuando transitamos en público.

En esta ocasión me encontraba caminando por las calles de México y al cruzar una importante avenida de la ciudad, un automóvil Mercedes Benz se me “echó” encima, y tuvo que frenar intempestivamente para darme el paso. No pienso abundar en las muchísimas razones de por qué el peatón siempre tiene el derecho de paso cuando un automóvil da vuelta en una esquina, porque no es el sentido de este artículo, pero quiero consignar un hecho que me llamó mucho la atención: cuando esto sucedió y el Mercedes Benz negro, con tremenda prepotencia hizo el intento de no frenar y luego hacerlo de modo apresurado, una mujer joven me gritó: “comió ligas, ¿o qué?”. No me percaté del hecho hasta que entendí que me estaba gritando a mí, y junto con su familia se estaban burlando abiertamente y a carcajadas. Por supuesto que me les quedé viendo, como tratando de condenar su burla, pero opté por no decir nada y me quedé pensando: “ahora resulta que el que está mal soy yo”. ¿Comió ligas?, ¿esa es la mejor interpretación para saber cruzar las calles en México?, ¿qué pensarán los hijos pequeños de esa familia que son regañados por sus padres por cruzar “a lo tonto”, como si “hubieran comido ligas”? Simplemente me rehúso a aceptar que los peatones, inclusive teniendo el paso, esperando a que se ponga su propia luz verde, tengan que cuidarse de los automóviles, por si acaso se les da la gana a los conductores vulnerar el alto y pasárselo, como si eso fuera una regla no escrita de esta jungla de cemento. El problema está en que cuando esos peatones manejan, crecen con la idea y la convicción – bien firme en su mente – que los peatones son quienes deben esperarse y quienes no deben arriesgarse para cruzar las calles, aún y cuando esté la luz verde para ellos (a menos que hayan comido ligas).

Ahora bien, este fenómeno no es exclusivo de la Ciudad de México. Recuerdo bien mi última visita a Durango (de donde soy nativo) y al cruzar la avenida conocida como “Libertad” (así se llamaba antes, porque ahora se llama Lázaro Cárdenas), los camiones enfilan a más de 80 kilómetros por hora, bloqueando todo paso o derecho de los peatones para caminar o para cruzar en las esquinas. Lo que estoy consignando en esta entrega es el salvajismo urbano de mi país, reflejo de un complejo que tenemos los mexicanos a veces, como pensando que el que puede, debe “agandallar”, y en este caso, la sartén por el mango la tienen los conductores; pero habemos algunos cuantos que no dejaremos de denunciar el hecho en cada ocasión que podamos.

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*Maestro en Análisis Político y Medios de Información

Crítica Urbana

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Crítica Urbana

Federico Ling Sanz Cerrada*

La Ciudad de México es un monstruo. Y lo digo así porque en realidad me da esa impresión. Cada vez crece más y más, y conforme el tiempo pasa y los habitantes de la urbe parecen multiplicarse, también la urbanidad podría empezar a desaparecer. Recordemos un poco lo sucedido en la época navideña, cuando en los días previos la Ciudad estaba contaminada en un grado superlativo y la calidad del aire se deterioró importantemente. Aunado a ello, el tráfico y el ajetreo no ayudaron en mucho a resolver esta situación. Como es de esperarse, de manera tradicional los días navideños y de Año Nuevo (el famoso maratón “Guadalupe-Reyes”) siempre vienen cargados de un cierto desorden y caos urbano, pues todo mundo tiene cosas que hacer, regalos que comprar o personas a quienes visitar. Luego entonces, la urbanidad se vuelve un bien escaso en la Ciudad de México y la falta de ella comienza a hacer estragos.

Se le pueden criticar muchas cosas a la Ciudad de México, pero no dependen solamente de la ciudad por sí misma. La crítica urbana de la que estoy hablando no es exclusiva del Distrito Federal, sino que es inherente a nuestra cultura y a nuestro sistema de valores propio. Durante las fiestas navideñas también tuve la oportunidad de visitar mi ciudad natal, Durango (un sábado y domingo solamente), y también pude observar algunas de las cosas que he criticado de la Ciudad de México. Si tuviera que ponerle un nombre a esta falta de urbanidad quizá sería caos, desorden, rompimiento de las reglas básicas de convivencia, etc. Pero subiendo aún más el nivel de abstracción de esto que escribo el día de hoy, no solamente la crítica urbana es para el Distrito Federal o para Durango, sino para el resto de las ciudades en donde la gente ha decidido no respetar el orden, las reglas y las normas de convivencia básica entre la sociedad. Por supuesto este problema no solamente es algo endémico de México. También en otras grandes urbes sucede lo mismo: Nueva York, Rio de Janeiro, Buenos Aires, etc. No obstante, para el caso que nos ocupa, debemos hablar de México.

¿Qué otra cosa en nuestro país refleja la falta de urbanidad, además de las urbes? Entendiendo este problema como el caos generado cuando no respetamos las reglas y las normas para convivir pacíficamente entre todos. Pues bien, me atrevo a decir que la política mexicana también refleja de alguna manera nuestras fallas de convivencia social. Veamos por ejemplo los eternos problemas de las marchas, las manifestaciones, los sindicatos, las protestas, el cierre de calles, el chantaje público y político para obtener réditos y beneficios de grupo o personales. Todo lo anterior cabe en la misma categoría: no hemos sido capaces de instaurar en nuestro sistema cultural y en nuestra escala de valores el respeto por el otro, por las normas, por las reglas de convivencia, y obedecerlas. En la política también se puede reflejar lo que sucede en las calles.

Allí encuentro yo el principal reto para este año 2014. ¿Cómo hacer posible que las personas puedan convivir adecuadamente unas con otras?, ¿cómo lograr que todos respetemos las normas y que podamos lograr que la urbanidad se haga presente en todas nuestras facetas, no solamente en las calles de nuestras ciudades, sino también en el modo de hacer política y de conducirnos en la vida pública? Por supuesto que los retos que enfrenta México son muchos y muy variados de cara al 2014. Podría hablar interminablemente sobre la Reforma Energética, la Reforma Educativa o la política; pero la realidad es que mientras no cambiemos nuestro modo de pensar y de conducirnos, jamás habremos modificado de raíz el origen de todo aquello que nos perjudica. Allí hay una enorme ventana de oportunidad.

Por supuesto que el Año Nuevo nos trae importantes retos. Durante algunos artículos me dedicaré a escribir de lo que pienso en realidad de los políticos partidistas y de la política en México (en general). Por ahora, sirva este texto para tratar de ofrecer una perspectiva personal de hacia dónde me gustaría ver que nuestro país avanza.

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*Maestro en Análisis Político y Medios de Información.

La Naturaleza Humana

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La Naturaleza Humana

Federico Ling Sanz Cerrada*

Los fenómenos naturales, tal como el paso del huracán “Manuel” por nuestro país deja al descubierto muchas cosas. Entre las más importantes, sin duda podremos decir que es la fragilidad humana que queda evidenciada de manera cruda. A veces pensamos que la humanidad tiene toda la capacidad de destruir al mundo y somos nosotros quienes estamos haciendo esto. No digo que lo anterior no tenga algo de cierto, sin embargo, basta que la naturaleza despierte con toda su fuerza para poner en evidencia lo vulnerables que somos como especie. La potencia de los fenómenos de la naturaleza es algo que debe analizarse con cuidado y nos debe servir para hacer una reflexión sobre los acontecimientos de los últimos días.

Pero no solamente el paso de los huracanes en México ha dejado al descubierto nuestra humana fragilidad, sino que además de azotar con fuerza en las costas de México, ha venido a sacudir nuestra naturaleza propia; es decir, ha hecho resurgir de manera clara lo que en realidad somos. No hablo en un sentido abstracto, donde los fenómenos naturales tienen implicaciones globales para la economía mundial y para los gobiernos nacionales, sino estoy hablando de comportamientos individuales y de grupo, que constituyen un indicador de nuestra cultura política y social personal y como mexicanos. En primer lugar, una noticia que me llamó poderosamente la atención fue el robo de aparatos electrónicos de las tiendas de autoservicio en la ciudad de Acapulco, Guerrero. Me impresionó aún más leer la explicación de algunas personas cuando se les cuestionó por qué lo hacían: “para regalarlo a las personas que se quedaron sin nada”. No voy a entrar en más detalles, pero creo que como dice el dicho: “lo que se ve, no se juzga”. Que cada quien saque sus propias conclusiones. Otra noticia que me llamó más todavía la atención fue la pobreza en el trazo y construcción de la “Autopista del Sol” que une el Distrito Federal con el puerto de Acapulco. Los derrumbes y deslaves descubrieron la pésima calidad con que se construyó la carretera, poniendo en riesgo a miles de personas y generando una presunta red de corrupción sistémica en su manufactura.

Sin querer, la tormenta que sigue amenazando a las costas mexicanas vino a sacudirnos de nuestro lugar y a darnos un portazo en la cara. Me atrevo entonces a afirmar que así como la fuerza de la naturaleza golpeó duramente a las ciudades costeras de nuestra nación, nuestra propia naturaleza humana, esa que nos constituye, con nuestros defectos, pasiones y corrupciones también nos ha golpeado fuertemente como país. Ninguno de nosotros es perfecto y todos tenemos un lado oscuro; pero nuestra misión, antes que otra cosa, es controlar las tormentas de nuestra propia fragilidad humana interior, y no dar rienda suelta a la naturaleza que nos orilla a actuar sin valores y sin principios.

Pero no se queda allí la cosa. Debo también decir que el paso del huracán pone en evidencia otro lado que nos caracteriza también: nuestro espíritu solidario y de colaboración. Todos hemos podido observar en las noticias las largas filas para ayudar y donar provisiones y recursos – en especie o monetarios – así como los voluntarios y las personas que han decidido dar un poco a los demás para ayudarlos en esta difícil situación. También ellos son producto de una naturaleza humana brillante y fuerte que no se dobla ante las adversidades. Esa es precisamente la otra fuerza natural que está en nosotros y que nos lleva a actuar de otra manera, compartiendo un poco lo que tenemos, ayudando a aquellos que lo perdieron todo en el desastre. Al final del día, la reflexión que cada uno de nosotros tiene que hacer es frente a sí mismo. Dentro de nosotros habitan las dos fuerzas naturales, las dos tendencias. Pero está precisamente en nosotros que seamos capaces de tomar una decisión y de comprometernos con aquello que sabemos que está bien y es lo correcto. Esa será la fuerza más sólida y poderosa que podremos encontrar siempre.

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*Maestro en Análisis Político y Medios de Información