Divide y vencerás

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Divide y Vencerás

Federico Ling Sanz Cerrada

“Todo reino dividido marcha a su destrucción” dice el teórico de la política. Pero también lo dice la Biblia. No se necesita ser Einstein para saberlo, es sentido común. El refrán dice: “divide y vencerás”, porque “ningún reino dividido puede permanecer o sobrevivir”. Pues bien, la división abunda en la política actual. No solamente en la esfera política, sino el mundo. Nos quejamos de la profunda división que existe -por ejemplo- en Estados Unidos. Los que votaron contra el actual presidente y los que votaron a su favor. Y no pareciera terminar allí, porque hoy por hoy vemos que esta pugna sigue viva en la sociedad y en la mente de las personas. Las ideas, los sentimientos, la noción de país no puede permanecer o sobrevivir si sus ciudadanos están divididos unos contra otros.Pues bien, parece que el mismo problema lo tenemos en México, pero de distinta manera. La gente desconfía, naturalmente, y la ayuda se entorpece. La división no le hace bien a nadie, entonces, porque lo único que genera es odio, rencor y venganza.

Pero el problema es que no solamente nuestra sociedad tiene este problema, sino que también los partidos lo tienen. En esta semana que termina, una de las noticias más dramáticas fue la pugna interna entre Margarita Zavala y Ricardo Anaya, ambos del Partido Acción Nacional y que buscan a toda costa ser candidatos a la Presidencia de México. Pero hay un problema estructural: a ninguno le alcanzan las fichas para llegar a la presidencia por su cuenta. El PAN no está en esa posición, y aunque pareciera lo contrario, quien está capitalizando el descontento que existe contra la clase política nacional es el líder de Morena, Andrés Manuel López Obrador. ¿Qué pasa si Margarita Zavala corre por su cuenta y se postula como candidata independiente? Pues que los votos que obtendrá no se los va a quitar al partido de López Obrador. Se los va a quitar al PAN. ¿O qué pasaría si, a pesar de todo, Anaya insiste en ser candidato a la presidencia a toda costa? Cometería el error (al que yo le llamo “síndrome”) del candidato del PRI a la presidencia en 2006, Roberto Madrazo. El “síndrome” Madrazo consiste en aferrarse tanto a la candidatura de algo, a costa del triunfo. Roberto Madrazo fue candidato a costa de ser Presidente. ¿Cuál es el punto? Ninguno. Es un desperdicio de votos, dinero, capital político, etc. ¿Qué procede entonces? No dividirse. Acordar. Encontrar un terreno parejo y pactar (aunque en México esta palabra tiene una connotación mala -de la época salinista de la “concertacesión”). Pero el pacto en la política tiene que ser un activo y no un negativo. En la política se acuerda, se pacta y se negocia. Punto.

 Pero en este caso, los actores pierden de vista que, mientras ellos se pelean, el enemigo está afuera. Para los fanáticos de “Game of Thrones”, es como la lucha entre Cersei Lannister y DaenerysTargaryen por el poder, sin darse cuenta que el “Night King” marcha en su contra con un ejército muy superior. Pues así las cosas. Quizá el ejemplo es burdo, pero a veces los actores políticos necesitan verse en el espejo de la ficción, porque su realidad no les alcanza para darse cuenta de la ceguera con que actúan. Seguiremos hablando de esto en el próximo artículo.
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Inmediatez

http://www.oem.com.mx/elsoldemexico/notas/n3480771.htm

Inmediatez

Federico Ling Sanz Cerrada*

En la semana que termina, en una noche sin mucho que hacer, me decidí a ver una serie de televisión producida en Estados Unidos en la cual se abordan fenómenos paranormales, universos paralelos, tele transportación y cosas por el estilo. La verdad es que no tiene importancia cuál era, pero voy a narrar un episodio (muy clásico de toda escena de televisión con estas características): el director del Departamento de la Policía que se encarga de investigar estos fenómenos y de esclarecer los hechos relacionados con ello, es citado en el Congreso a declarar. ¿El motivo? La falta de resultados tangibles y la imposibilidad de justificar de manera inmediata el gasto del dinero de los contribuyentes en un proyecto de dicha naturaleza. Y como no fue capaz de entregar resultados tangibles e inmediatos, los legisladores decidieron cerrar la oficina y cortarle el presupuesto. Huelga decir que como en toda serie de televisión, el director de la agencia policial chantajea a los congresistas y su división pudo seguir operando (en lo personal pensé: de otra manera se hubiera acabado la serie y todavía le faltan muchas temporadas).

Sin embargo, más allá de la ciencia ficción narrada en la serie, lo que se pone en evidencia es algo que todos sabemos, demandamos, buscamos y ofrecemos: resultados tangibles e inmediatez. La terrible consigna lanzada para el personaje en el sentido de dar resultados de manera rápida y concreta (y que además sirvan para legitimar las acciones de gobierno y el dinero de los impuestos de los ciudadanos) es una realidad en todos los sentidos. ¿Cómo justifica este personaje la falta de resultados que le fue demandada? Respuesta: diciendo que su división tiene un proyecto de largo alcance y que de no hacerlo, las consecuencias para nuestro universo sería nefastas y fatales. Ciencia ficción al fin y al cabo, ¿no?

Pero la realidad es que nuestra vida cotidiana se parece mucho más de lo que pensamos a esta escena ficticia de una serie de televisión: constantemente demandamos resultados inmediatos, tangibles y que justifiquen – en una correlación simplista de causalidad – nuestro quehacer cotidiano. Para ir un poco más allá, no solamente sucede en el ámbito personal, sino también en el ámbito de los gobiernos. Pongamos un ejemplo concreto: las reformas estructurales que tanto se han anunciado en nuestro país.

A lo largo y ancho de los periódicos, las pantallas de televisión y las computadoras, así como en la radio, los opinadores y analistas políticos se preguntan qué sigue después de las reformas y cuándo los mexicanos vamos a poder ver resultados concretos, producto de todo aquello que hemos hecho. Las reforma energética, de telecomunicaciones, fiscal, al campo, y otras tantas, si no producen resultados inmediatos, tangibles y concretos para el pueblo de México, entonces están destinadas a la condena en la opinión pública. En mi opinión personal creo que los resultados concretos son absolutamente necesarios (producto de una visión un tanto más pragmática de la vida, la política y la sociedad) y estoy a favor de ello; sin embargo también debo mencionar que nuestro permanente afán de inmediatez es lo que nos previene de planear en términos estratégicos y de largo plazo, de inventarnos cada día, de invertir, de sembrar, de ir más allá, de tener altura de miras y de pensar en los grandes proyectos de nuestra vida, aquellos que no pueden hacerse de la noche a la mañana y que tardan tiempo para construirse.

Nuestra sociedad, nuestra clase política, nuestro Gobierno y nuestro país tiene que ser capaz de encontrar el balance entre dar resultados concretos que le beneficien a la gente y que mitiguen el dolor y el sufrimiento de muchos de manera inmediata, pero también tiene que ser capaz de entender la relevancia de ciertos proyectos y caminos que no necesariamente tendrán un efecto cortoplacista y de cuyo éxito depende nuestra propia viabilidad y sostenibilidad en el largo plazo. Este es el equilibrio más difícil, pero tenemos que entender los alcances de uno y de otro, la importancia de ambos y generar la combinación ideal; allí está el secreto del éxito.

http://www.federicoling.com y @fedeling

¡Qué feo mundo!

http://www.oem.com.mx/elsoldemexico/notas/n3471254.htm

¡Qué feo mundo!

Federico Ling Sanz Cerrada*

Hace un par de días leí en el Facebook una expresión que decía: ¡Qué feo mundo! Y creo que no le falta razón en muchos sentidos. La frase fue de Roberto Morris (para dar crédito de dónde la obtuve) y hacía alusión al avión de Malaysia Airlines que fue derribado muy cerca de la frontera entre Ucrania y Rusia, precisamente en la zona del conflicto actual entre ambos países. Las teorías iniciales hablan de un grupo de rebeldes separatistas prorrusos que habrían disparado un misil tierra-aire para destruir a la aeronave, toda vez que pudieron pensar que se trataba de un avión enemigo o de un aparato de espionaje. Sin embargo no fue así, se trató de un Boeing 777 de una aerolínea comercial que cubría la ruta entre Amsterdam y Kuala Lumpur.

¿Se podría imaginar usted que, como cualquier otra cosa o día en la vida, decide tomar un vuelo – ya sea por placer o por negocio – para ir a un destino diferente por unos días y jamás llegar a éste? ¡Qué tragedia lo que sucedió! Hay guerras mundiales que han comenzado por incidentes menores a este. Esto equivale en términos llanos y simples a atentar en contra de la vida de personas que no “la deben ni la temen” en este conflicto. Pero además de lo anterior, en las noticias no hay tregua a los acontecimientos tristes y bélicos, pues inmediatamente después de esta noticia de la aerolínea malaya, los noticieros reportan el caso de la guerra entre Israel y Hamas, con todo lo que ello implica y con las particularidades del caso, en la que también han muerto civiles y personas que no tienen nada que ver en este conflicto.

¡Qué feo mundo! Es la expresión de indignación de quienes no estamos de acuerdo con la situación actual, con el “status quo” (el estado de las cosas) y con el frágil equilibrio sobre el que sostiene la paz en el planeta. No solamente se ha evidenciado la incapacidad de los organismos multilaterales como la Organización de las Naciones Unidas para poner un fin al conflicto o para mediar entre las partes, sino que carece de mecanismos eficientes para ello. Por supuesto que nadie podría intervenir un país, así como así, pero la realidad es que en este tipo de grandes pugnas a veces es difícil que las partes puedan llegar a un acuerdo. Es la naturaleza del conflicto precisamente.

Pues bien, al pensar en estos grandes problemas del mundo, uno podría fácilmente engañarse y decir: “son demasiado lejanos, demasiado complejos y demasiado distantes para aquello que yo podría hacer”. Y no faltaría razón en ello. Los seres humanos somos tan insignificantes que, si quisiéramos, no lograríamos afectar el curso del planeta con nuestra simple actuación; pero allí está el engaño: ¿qué pasaría si todo el mundo piensa de esta forma? Precisamente nadie haría nada entonces. Por ello, la ruta de solución no pasará por los grandes organismos multilaterales ni vendrá de fuera. La manera de que las cosas comiencen a tomar un camino diferente tiene que ser de nuestra única y propia decisión de querer hacer las cosas de una manera distinta.

En varias colaboraciones anteriores a esta hemos hablado de la responsabilidad que recae sobre nosotros y sobre nuestros hombros para cambiar al mundo (aunque parezca “cliché”); pero es cierto. Estoy cierto que en los días que habrán de venir vamos a observar movilización de las grandes potencias, un cambio en las reglas del juego tal y como se venía observando hasta ahora, y por supuesto, un mayor nivel de intervención de los actores internacionales.

¿Qué nos toca a nosotros? Cada uno, lo que tenemos, es un ámbito de influencia en donde el mundo podría dejar de ser tan feo. Un pequeño espacio de actuación en donde las relaciones humanas, los negocios, y nuestra conducta puede ser lo opuesto a eso que tanto nos lastima. No tenemos más. Pero el efecto es un catalizador y es potencial, y eso puede crecer a niveles inimaginables. ¿O cómo creemos que empezó el conflicto en Ucrania o en Medio Oriente? La responsabilidad personal es enorme, pero a veces la perdemos de vista.

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*Maestro en Análisis Político y Medios de Información

Poder en pedacitos

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Poder en pedacitos

Federico Ling Sanz Cerrada*

La semana pasada escribí sobre el poder y comenté algunas de las definiciones más importantes sobre el concepto. El poder, como objeto de estudio de la ciencia política, puede ser abordado desde múltiples puntos de vista; es una cualidad, un adjetivo y una acción. Es decir, el poder en sí mismo es verbo y sustantivo. Pero en esta ocasión quiero referir otro fenómeno del poder que no hemos abordado lo suficiente y que me ha venido a la mente, a raíz de la aprobación de las reformas en telecomunicaciones y -próximamente- la energética.

El fenómeno al que me quiero referir es la pulverización del poder. Aunque ya he escrito antes de ello, me gustaría aplicar esto al proceso político y a los resultados, producto de los cambios secundarios de las grandes reformas que se han ido fraguando en el Congreso. Pero vamos por partes: comenzaremos con la reforma en telecomunicaciones cuya legislación secundaria ha obligado a los grandes actores a tomar medidas en consecuencia. A raíz de estos cambios, el consorcio de telecomunicaciones del empresario Carlos Slim -América Móvil- decidió vender una parte de su compañía para dejar de se considerado como actor “preponderante”. Pero esta partición solamente me recordó que existen una serie de “jugadores” que se benefician (o perjudican) con estos cambios, como podría ser el caso de Televisa, quien es considerado como “preponderante” en términos de radiodifusión, según se puede observar en la prensa.

La pregunta es: ¿la reforma en telecomunicaciones va a beneficiar realmente a los mexicanos y a los ciudadanos haciendo más accesible los servicios? Sería la misma pregunta que podríamos hacernos cuando se discuta en el Pleno de las cámaras del Congreso la siguiente semana la reforma energética: ¿quiénes se beneficiarán con ella? Quizá las empresas y probablemente el Gobierno, pero no queda claro aún en qué plazo se dará el bienestar general para el consumidor final. Lo que nos queda entonces después de hacer estas reflexiones es que cada quien defiende un pedacito de su poder. El Gobierno hace lo suyo, también las empresas y los ciudadanos por igual. Cada actor tiene una agenda e intereses distintos, cada uno quiere diferentes cosas y por ende, busca utilizar el poder que tiene (y quizá expandirlo para tener un margen de maniobra más amplio) y tener beneficios concretos.

El poder no es algo único; no es un monolito o una cuestión unipersonal o unidireccional. El poder es una suma de pequeños (y no tan pequeños) poderes, que a su vez van constituyéndose como lo que conocemos como “el poder”, y desde afuera así se ve. Pero en realidad todos formamos parte de él. En mayor o menor medida, pero tenemos un “pedacito” de poder que utilizamos en nuestro favor. Al ver la pugna entre los consorcios de telecomunicaciones, las nuevas leyes, el IFETEL, el Congreso de la Unión, el Gobierno federal, la sociedad civil y otros actores, lo único que me queda como conclusión es que todos estos actores son beneficiarios y dueños de una parte del poder, y que lo utilizan para impulsar sus agendas (ya sean sociales, económicas o políticas). Como ya lo dijimos antes, este fenómeno no tiene una carga negativa o positiva, sino neutra (siempre y cuando sea usado con ética).

Pero para entender el poder primero debemos aprender y estudiar el concepto (desde la teoría), pero luego tenemos que ser capaces de entender que el poder se divide y tiene muchos nodos en donde confluye; son muchos actores (grandes y pequeños) los que usan y ejercen el poder y por lo tanto, el mapa del mismo es complejo, multipolar y se profundiza en diferentes niveles y en diferentes sectores. Pero tal como el gobierno, el poder también es un reflejo de la sociedad y así es como hay que estudiarlo, entenderlo y hasta predecirlo. El poder es un ente caprichoso que no puede apreciarse en su totalidad y en su complejidad si se le observa demasiado cerca. Tal como una pintura impresionista, desde más lejos se pueda observar será más claro.

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*Maestro en Análisis Político y Medios de Información

Porque puedo, ¿y qué?

http://www.oem.com.mx/elsoldemexico/notas/n3453714.htm

Porque puedo, ¿y qué?

Federico Ling Sanz Cerrada*

El poder es un elemento, cualidad o característica muy particular. Para todos aquellos que se dedican (o nos dedicamos) a la Ciencia Política, el poder es el objeto de estudio, y mucho se lee acerca del mismo. ¿Cómo funciona?, ¿para qué sirve?, ¿cómo se usa?, ¿cómo se ejerce? En ese sentido, en muchas ocasiones anteriores ya he escrito sobre el poder, sus usos y su diferentes tipos, pero creo que vale la pena que lo “tropicalicemos” (es decir, que lo adaptemos a nuestro caso concreto) y pongamos ejemplo sobre ello. Para esto quiero comenzar diciendo que tengo un caso ideal para ejemplificar el uso del poder en nuestra vida cotidiana: sí, la interminable lucha entre los peatones y los automóviles que, desde siempre, me he dedicado a consignar en este espacio (y que quizá no tenga una solución en el corto plazo).

Pues bien, hace un par de semanas, durante la tromba que azotó a la Ciudad de México y que inundó todas las calles hasta niveles insospechados, me encontraba terminando una reunión y tenía que desplazarme de una zona del Distrito Federal a otra, y para ello, llevaba mi maletín a cuestas. Sin automóvil y sin poderme transportar a ningún lado, decidí caminar para tomar el Metro y llegar a mi destino. Así lo hice (el Metro, cuando está bien construido es por demás eficiente) y pude llegar a donde tenía que hacerlo. Pero, ¿qué sucedió en el camino? Me topé con una jungla de automovilistas voraces que, lejos de ceder el paso al peatón, aceleraban por las calles, pisando los charcos con fuerza y mojando a quien se les pusieran en el camino. Y una vez más decidí que escribiría del caso, pero desde una óptica distinta.

¿Por qué el automovilista hace lo que hace en las calles de la Ciudad de la México? La respuesta es muy simple: porque puede. A ver, vamos por partes y regresemos al primer párrafo de este artículo y definamos el poder desde el punto de vista de la Ciencia Política: el poder resulta cuando una persona hace la voluntad de otra, aún a costa de la suya propia (Max Weber fue quien dijo esto). ¿Cómo se aplica al caso del peatón y el automovilista? Es sencillo: el peatón tiene que hacer la voluntad de quien maneja, aún a costa de su propia voluntad; aunque quien va caminando quiera pasar, no puede y tiene que ceder a quien lleva el volante, porque de otro modo lo atropella. Luego entonces, ejercer el poder conlleva un inmenso grado de responsabilidad y de ética, para no vulnerar a los derechos de los demás, especialmente de los más débiles. El automovilista hace con el peatón lo que quiere, porque puede; porque lleva un inmenso aparato que le otorga ese poder y el peatón no puede contra eso. Tendría que haber un mínimo de responsabilidad para proteger al débil o al que “puede” menos.

Pero no, la gente actúa como actúa porque puede. Aquí es donde entra la función del estado: atemperar los ánimos de aquellos que vulneran a los más débiles porque tienen poder para hacerlo.

Ahora bien, pensemos más allá e imaginemos que son precisamente los funcionarios públicos, aquellos representantes del estado los que vulneran los derechos de los más débiles y abusan del poder que tienen, solamente “porque pueden”. ¿Quién los vigilará a ellos? (estas preguntas vienen desde la época en que Aristóteles recorría las calles de Grecia). No se trata entonces de tener un estado vigilante con cuerpos de seguridad cada vez más adelantados, o un estado de circunstancia persecutoria todo el tiempo. Se trata entonces de tener ciudadanos con una ética personal tal, que no importa el poder que tengan, sino que sepan usarlo adecuadamente. Independientemente que se trate de un automovilista, de un médico o de un gobernante, el poder debe usarse sabiamente y debe utilizarse éticamente. No habrá otro modo en que se revierta eso que la gente dice cuando usa el poder sin escrúpulos: “¿Y qué?”

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*Maestro en Análisis Político y Medios de Información

México contra el mundo

http://www.oem.com.mx/elsoldemexico/notas/n3436221.htm

México contra el mundo

Federico Ling Sanz Cerrada*

Y que conste que no voy a hablar de futbol, aunque el tema está de moda y aunque parezca que es el tópico del momento, me permitiré dejar ese tema para futuras entregas (aunque al momento de escribir este artículo Italia acaba de perder frente a Costa Rica): La agenda internacional de nuestro país ha sido uno de los temas que más llaman la atención y distinguen las gestiones de los diferentes gobiernos a lo largo de los últimos años. Mucho se habló de las diferencias entre la administración de los gobiernos emanados de Acción Nacional y aquellos provenientes del Revolucionario Institucional. Quizá, en un primer momento de análisis, los puntos distintos entre ambos versaron en la manera de trato y orientación hacia Estados Unidos y hacia América Latina, y en el grado de participación o neutralidad que nuestro país tuvo de cara a los conflictos internacionales o a dilemas de corte multilateral.

En ese orden de ideas, desde hace unos 4 años, México enfrentó una dura contraposición en la opinión pública internacional, debido a la violencia y a la inseguridad que se vivía en el país. De esa manera, algunas de las cifras más relevantes para medir el impacto fueron aquellas que tienen que ver con indicadores económicos, comerciales y sobretodo de la actividad turística. Siendo entonces de esta manera, la política internacional de la nación tuvo (y tiene en buena parte) un eje en el tema de la seguridad. La diferencia hoy en día entre los distintos gobiernos y administraciones ya no está esencialmente en el trato con las naciones con quienes tradicionalmente hemos tenido vínculos estrechos, sino más bien en la forma en que habremos de revertir la imagen que tiene México en el exterior, para atraer turismo e inversiones.

Por tal motivo, resulta importante hacer un análisis detallado de la política exterior que nuestro país ha tenido en estos últimos meses, porque los esfuerzos para contrarrestar la imagen que nuestro país tiene fuera de sus fronteras son intensos. En ese marco general se puede ubicar la reunión de la Cumbre del Pacífico (APEC) que se está llevando a cabo en el Estado de Nayarit actualmente, en la cual participan los presidentes de Perú, Colombia, Chile y México. Evidentemente la reunión tiene como finalidad proyectar una imagen sólida de nuestra nación, como un país fuerte, seguro y en donde vale la pena invertir y con quien conviene incrementar el comercio. Además, el hecho de tener una agenda proactiva en el ámbito comercial puede dar estupendos resultados, porque es como una profecía auto cumplida o una explicación tautológica.

Pero este esfuerzo contrasta con un hecho en particular: el Departamento de Estado de Estados Unidos acaba de publicar su informe sobre la Trata de Personas y establece que nuestro país no cumple los estándares mínimos en el combate en esta materia. De esa manera, ante la audiencia general internacional, México vuelve a estar en el foco de la atención por motivos poco alentadores y nada halagadores (según ellos). La pregunta de fondo es: ¿cómo revertir la imagen de México cuando hay este tipo de información que se pone a disposición de la opinión pública internacional y sin ningún derecho de réplica o de contestación? De esa manera el trabajo que nuestros diplomáticos hacen día con día se ve disminuido por actores internacionales que (sin afán de hacerlo explícitamente) siguen mermando nuestra imagen en el mundo.

El reto no es menor y de allí dependen entonces muchas cosas que a simple vista no se pueden observar. No solamente se juega la imagen y percepción de México más allá de sus fronteras, sino los efectos prácticos de esto: la balanza comercial, las inversiones, el turismo, y otras cosas que tienen afectaciones directas en las personas y en bolsillo de los ciudadanos y en la economía de las familias en el territorio nacional. Aquí es donde se puede ver que la política exterior sí tiene implicaciones, consecuencias e impacto en la población y su vinculación con la política interna es directa y total.

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*Maestro en Análisis Político y Medios de Información.

Tejer Fino

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Tejer Fino

Federico Ling Sanz Cerrada*

Las palabras “tejer fino” siempre me han llamado la atención. Son vocablos sumamente utilizados en el lenguaje coloquial de la Ciencia Política. Cuando yo estudié mi licenciatura – precisamente en Ciencias Políticas y Administración Pública – recuerdo perfectamente que durante mi primer semestre nuestro coordinador de carrera nos topó, mientras un grupo de amigos (entre ellos yo), nos dirigíamos a comprar algo para desayunar; es decir, una escena totalmente típica de cualquier estudiante universitario. Pues bien, al encontrarnos con el coordinador nos preguntó que cómo estábamos, que cómo nos sentíamos y cuando nos despedimos, espetó la siguiente frase: “¡A tejer fino, politólogos!”. Nosotros seguimos nuestro camino y yo me quedé pensando en qué quería decir esa frase. Debo también admitir que ya han pasado algunos años desde aquel acontecimiento, quizá unos 12 o 13 (el tiempo se nos va mucho más rápido de lo que uno cree) y puedo decir que, efectivamente, hasta el día hoy muy recientemente, he logrado comprender a cabalidad lo que significa la frase “tejer fino”.

No existe una definición precisa para ello: ¿qué quiere decir tejer fino en la Ciencia Política, o más aún, en el quehacer político? La Ciencia Política no se teje fino, para eso hay teorías, hay estudios, hay paradigmas, hay modelos. Más bien las cosas en la política se pueden tejer finamente. Me explico: un acuerdo entre políticos de diferentes partidos para sacar adelante una complicada reforma implica tejer fino; implica tomar en cuenta todas las susceptibilidades del caso y de los actores, y de manera elegante, pulcra y prudente, conectar los puntos en donde hay intereses en común para lograr algo, y estos puntos pueden ser sociales, económicos, personales, culturales, y por supuesto, políticos. Tejer fino implica inteligencia, elegancia, precisión; requiere un entendimiento completo de nuestro interlocutor, de sus puntos irreductibles, de aquellos en lo que puede ceder, de saber de su situación personal, familiar, de lograr vínculos de empatía y de tejer una alianza basada en todo lo anterior y con ética, para que los acuerdos políticos sean más eficientes. Tejer fino, entonces, podría ser casi una ciencia por sí misma.

Pero esto también implica paciencia. Los tejidos finos, por su naturaleza esencial, se llevan tiempo. No se logran de la noche a la mañana. El bordado con hilos especiales se lleva varios días, semanas o meses. Las relaciones humanas no se construyen de la nada y porque sí y para nada. Hay que saber entender que todo es un proceso, y que como parte de nuestra naturaleza inherente, los seres humanos estamos sujetos a procesos y la mayoría de ellos – por no decir que casi todos – requieren tiempo, disciplina, esfuerzo, constancia y perseverancia. Los resultados, al final de cuentas pueden admirables y tienen una solidez y una fortaleza extraordinaria. Pero no se puede forzar, porque ello tiene una lógica y un tiempo; los tejidos finos, en la política y en cualquier cosa, necesitan también tiempo y deben construirse poco a poco. Son artesanales. Si cometemos el error de ser impacientes y de querer obtener frutos antes del tiempo indicado, probablemente lograremos romper lo que hemos hilado hasta ese momento.

La construcción de acuerdos políticos (y hasta personales o profesionales), cuando están bien hechos y cuando el tejido ha dado resultados, podemos decir que son los más duraderos, los más efectivos y los mejor fundados. Además, lo que tarda en construirse no se puede eliminar fácilmente. En lo personal soy partidario de lo anterior, más que del inmediatismo y del enorme pragmatismo que muchas veces existe en la política mexicana (y en la política general). Dar resultados a cualquier precio muchas veces no es tan eficiente como hacerlo con un procedimiento lógico y sistemático. Por supuesto que lo anterior no solamente se aplica a la vida política, sino que tiene muchísimas aristas desde donde se le puede mirar. Cuando hemos realmente entendido el sentido de la frase “tejer fino”, no solamente el quehacer político se beneficia, sino todo lo demás también y por igual. Ahora, después de varios años y de haber puesto en práctica el consejo que me dio mi coordinador, puedo decir que he comprendido su significado y que de la misma manera lo recomiendo: ¡A tejer fino!

http://www.federicoling.com y @fedeling

*Maestro en Análisis Político y Medios de Información

¿Qué es la comida orgánica?

http://www.oem.com.mx/elsoldemexico/notas/n3419370.htm

¿Qué es la comida orgánica?

Federico Ling Sanz Cerrada*

Quizá este tema no sea político (o a lo mejor sí), pero me parece importante narrar una de las experiencias más interesantes que he tenido desde que debo desarrollar una buena parte de mi trabajo en la ciudad de Washington, DC. Como lo he dicho antes, ir y venir entre México y la capital estadunidense ha logrado poner en perspectiva algunas cosas de la vida cotidiana, y se pueden hacer algunas comparaciones entre las dos naciones. En muchos casos, la imagen de que en Estados Unidos todo funciona mejor, debo admitir que no me agrada del todo y no siempre es así. Por supuesto que hay varias situaciones en que el orden en las ciudades del vecino país del norte resultaría envidiable para México, pero hay varias que no. Por mencionar algunas diré la comida, los servicios médicos (en otra ocasión especificaré en qué casos), el metro, algunos servicios de televisión por cable, etcétera. Por extraño que parezca, tengo ejemplos concretos para demostrar que en muchos de los casos anteriores, las cosas en México funcionan mejor. No obstante lo anterior, mi objetivo en esta ocasión es hablar del tema que más me preocupa: la comida.

Para comenzar a escribir del asunto, quiero narrar una anécdota curiosa: nunca consideré como real lo que mis amigos me decían sobre las “dietas de engorda” en Estados Unidos. Uno asume que esto se debe al enorme tamaño de las porciones que se sirven al norte del Río Bravo, y que por tal razón uno come de más y suele subir de peso. Por supuesto que esto me sucedió a lo largo de todos los meses de comer en Estados Unidos, pero la sorpresa comenzó cuando me toca pasar tiempo en México y entonces, comiendo la misma cantidad de comida (sin que sea específicamente de dieta) reduje un poco mi peso. La verdad es que la primera vez se lo atribuí al clima y a la altitud, puesto que el metabolismo funciona con distinta eficiencia según los metros sobre el nivel del mar; pero de manera reiterada, al volver a Washington, me volvía a hinchar y mi peso comenzaba a subir nuevamente. Para no hacer el cuento largo, pregunté a varias personas y todas me dijeron lo mismo y llegamos a una conclusión posible: la calidad de la comida en Estados Unidos está por debajo de México. La comida en la Unión Americana no es orgánica (en su mayoría). Tiene añadidos artificiales, hormonas, químicos y compuestos industrializados y conservadores, además de que en muchos casos está genéticamente modificada. Por supuesto que todo esto tiene repercusiones en el organismo.

La razón: la economía y los costos. La comida orgánica puede costar el doble o el triple que la comida industrial. Si es que uno quiere comer “sanamente”, uno debe ir a los supermercados donde los alimentos no tienen esta serie de añadidos artificiales, pero debe uno estar dispuesto a desembolsar una fuerte cantidad de dinero; vaya, hasta el agua embotellada tiene vitaminas extra. En fin, sobra decir que en México la comida no solamente es deliciosa y extraordinaria, sino que prácticamente toda es orgánica; natural. Por poner un ejemplo burdo, si uno decide comer “tlacoyos de requesón”, me resulta sumamente complejo pensar que los tlacoyos y el requesón contengan hormonas de crecimiento y antibióticos en exceso, o que el maíz azul sea transgénico y por ende, sea una fuente poco sustanciosa de alimentación. Y lo mismo sucede con todo lo demás: los refrescos, las harinas, la carne, el pollo, por mencionar algunos.

La comida mexicana es una fuente confiable de alimentación y además es un manjar. Es uno de nuestros patrimonios, no solamente por lo artesanal de su preparación, sino por la extraordinaria calidad de los alimentos (y esto no quiere decir que las gorditas fritas de chicharrón sean saludables), pero me refiero a la naturaleza con que nuestros alimentos están cultivados y son procesados. Este es un tema con grandes implicaciones de salubridad y de beneficios económicos de las grandes empresas. La próxima semana seguiré abundando en ello.

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*Maestro en Análisis Político y Medios de Información

La élite del poder

http://www.oem.com.mx/elsoldemexico/notas/n3410930.htm

La élite del poder

Federico Ling Sanz Cerrada*

Recuerdo con mucha luminosidad que una de mis clases favoritas durante la licenciatura fue la de “Elites y Cultura Política”. Hablábamos largo y tendido sobre el funcionamiento de las élites históricamente y de cómo se constituían, integraban, renovaban, o cuál era la manera en que se retroalimentaban. No solamente me refiero a las élites políticas, sino a las élites económicas, sociales, culturales, etcétera; lo que sí puedo decir es que al menos todas estas élites constituyen juntas la “élite del poder”. Pero además, las personas que conforman este grupo no son unidimensionales, sino que están distribuidas en subconjuntos concéntricos, que conforme acumulan mayor poder, reducen en el número de sus miembros.

No se trata de abundar al extremo sobre el tema, sino de poner ejemplos concretos. El primer caso que discutimos en la clase – hace ya algunos años – fue el de Enrique VIII. En contraposición con lo que dictaría la “teoría de juegos” y la maximización política de los beneficios y la minimización de los costos, Enrique VIII – monarca inglés del siglo XVI, de la casa reinante de los Tudor – tomó las decisiones en su reino basándose en sus caprichos personales. Implementó cambios políticos y religiosos en Inglaterra porque, en gran medida, quería divorciarse de su esposa (la reina Catalina de Aragón) para casarse con Ana Bolena. Esta fue su “cultura política”. Nombró a duques y cortesanos de entre sus amigos íntimos, y la circularidad de la élite del poder nunca estuvo más a merced del capricho del monarca. Esta situación no es diferente de aquella que algunos mandatarios de la era moderna aplican en su forma de gobernar, o bien, no dista mucho de la actitud de algunos políticos actuales en nuestro país. Al contrario, allí está el viejo chiste que reza: “¿Qué horas son? Las que usted diga, Señor Presidente”. Muchas de las élites políticas se conformaron por compadrazgo, por amistad, o por lealtades políticas. Otras tienen su acceso a través del dinero y de los recursos económicos. En cualquier caso, están totalmente implicadas unas con otras.

Tratando de avanzar un poco más, quiero decir que entre otras cosas, la élite del poder se protege a sí misma; es un fenómeno normal, natural y endémico del grupo que gobierna de hecho y de derecho; es un acontecimiento inclusive empresarial. Ello lo podemos atestiguar de manera nítida al momento de buscar, solicitar y aplicar para un empleo. Conseguir trabajo tiene mucho más que ver con los contactos, las relaciones y los conocidos, más que con las capacidades y las cualidades. Influye más la escuela en la cual estudiamos que el promedio que obtuvimos; importa más a quienes conocimos durante nuestra juventud, que garantizar que actuamos con ética durante nuestros encargos pasados. Y quiero aclarar que este fenómeno es universal, y no necesariamente es exclusivo de México o de un país en lo particular. En casi todos lados, la circularidad de los empleos tiene que ver con la élite y con el grupo; y no solamente en los trabajos, sino al momento de casarse, de hacer negocio o de forjar algún tipo de alianza o vínculo con los demás. Así funciona y ha funcionado en la humanidad históricamente hasta la fecha. Allí el ejemplo de Enrique VIII en Inglaterra en los 1500’s.

No obstante lo anterior, desde mi óptica personal, tengo un par de sugerencias para actuar frente a este fenómeno: la primera es trabajar arduamente y con ética personal. No hay nada que recomiende más que el trabajo propio hecho de manera exitosa, profesional y debidamente cumplido. La segunda es no pelear con la tendencia de las élites. Dado que es un fenómeno normal y natural, la mejor combinación es la de tener un grupo sólido de conocidos, amigos y contactos, y hacer un trabajo profesional y bien llevado a cabo. Si esto lo trasladamos a otros ámbitos de nuestra vida (como la economía, la sociedad o la cultura) funcionaría igual: no luchar contra la tendencia, sino aceptarla pero haciéndolo de forma ética. La élite del poder, como el poder mismo, no es negativo en sí, pero debe saberse utilizar adecuada y positivamente en beneficio comunitario y propio.

http://www.federicoling.com y @fedeling

*Maestro en Análisis Político y Medios de Información

Un discurso políticamente correcto

http://www.oem.com.mx/elsoldemexico/notas/n3402797.htm

Un discurso políticamente correcto

Federico Ling Sanz Cerrada*

En días recientes hemos podido observar noticias que siempre son “políticamente correctas”, es decir, van de acuerdo con un discurso político que es “correcto” y por ende, avalado por la élite de opinadores y de pensadores de la política, así como de aquellos hacedores de la política “correcta”. Se me ocurren varios ejemplos de temas que tienen que ver con polémica social, económica o de otra índole, pero frente a los cuales, la postura de los políticos es aquella “correcta”. Vamos por partes.

Un ejemplo del discurso “políticamente correcto” es plantear la reducción del número de diputados y senadores del Congreso de la Unión, con el objetivo de ahorrar dinero a la Nación. Nada más falso que lo anterior, puesto que el dinero erogado en las prestaciones y salarios de los legisladores – si bien puede llegar a ser exagerado – no representaría un ahorro real en términos macroeconómicos. ¿Si quitamos 200 diputados y 32 senadores habrá un ahorro para construir un hospital? Quizá. Pero la realidad es que no se puede pretender fincar el desarrollo nacional con el ahorro, producto de reducir el salario de los parlamentarios. Las razones para reducir el número de congresistas o reducir su salario deberían de ser la eficacia parlamentaria, evitar la mala imagen o la ética política del Legislativo, pero no porque estas acciones van a permitir que nuestro país avance y tenga dinero para ello.

Otro ejemplo de esto puede ser la discusión de la famosa “pensión vitalicia” para los Magistrados Electorales. Tal y como lo dije el sábado pasado en mi colaboración, este tema es un asunto de forma y no de fondo de aquello que debe ser la función esencial del Tribunal Electoral, pero que en términos reales la postura “políticamente correcta” es estar en contra y criticar esta situación. He escuchado bastante poco el análisis de la cláusula que les impide a los magistrados ejercer su profesión durante dos años, después de que terminan su encargo. Quizá entonces valdría la pena que nos pongamos a pensar en que, derivado del sistema “sospechosista” y de eterna desconfianza mexicana, tenemos que tener esta serie de previsiones para evitar cualquier duda sobre la actuación electoral en nuestro país; especialmente cuando el IFE y ahora INE se puede hacer y deshacer al antojo de los partidos. En ese sentido, deberíamos estar apuntalando la esencia del Tribunal en lugar de “tirarle a matar”. En lugar de discutir lo que es “políticamente correcto”, discutamos mejor de aquellas cosas importantes, del fondo y materia de lo importante, y no de lo que todo mundo diría en un análisis superficial y simplista.

Los discursos y posturas políticas “correctas” tienen su fundamento en varias cosas: puede ser en la aceptación popular – que podría rayar en lo demagógico – o bien, en que es el camino fácil. Hay muchísimos otros ejemplos, tal y como estar en contra de aumentar los impuestos; quizá México necesita generalizar el IVA, por mencionar algo, o bien, decir que los partidos tienen que dar sus candidaturas a jóvenes y mujeres solamente. Estos dos ejemplos anteriores, dichos de esta manera, son demagógicos y “populacheros”. Caen bien entre la gente y entre los columnistas y opinadores, pero no entran nunca a la discusión real del tema. En el primer caso, generalizar el IVA podría ser una manera de evitar la evasión, pero también tendríamos que reducir los privilegios fiscales a los grandes corporativos; en el segundo ejemplo la inclusión de mujeres y jóvenes es sumamente deseable, pero hay que asegurarnos de formar a los cuadros que van a ocupar esas posiciones; no se trata de dividir el Congreso en dos, sino de dar igualdad de oportunidades. Quizá son diferencias sutiles pero son sumamente importantes.

Los discursos, mensajes y posiciones “políticamente correctas” no permiten deshacernos de paradigmas anquilosados, de posturas demagógicas e ineficientes y de mitos irreductibles que paralizan nuestra democracia y nuestro sistema político. Por más difícil que sea el camino debemos entrarle a la discusión de temas realmente de fondo; solamente así México tendrá una oportunidad real de cambiar verdaderamente.

http://www.federicoling.com y @fedeling

*Maestro en Análisis Político y Medios de Información